Son acciones incontrolables

 

Las manías, tics o compulsiones son acciones repetidas que no se pueden controlar. Se sabe que no hay un sentido lógico unido a esos comportamientos pero no se pueden dejar de emitir. Parece que se va a desencadenar la mala suerte si dejamos de hacerlos, perdemos esencia de “algo” o se espera que suceda una catástrofe. Entre los comportamientos ilógicos y el cerebro hay miles de conexiones inconscientes asociadas que se escapan a un control consciente.

 

Todo el sistema nerviosos involucrado  en las manías, tics o compulsiones se encuentran en el plano inconsciente. La persona que los sufre no puede acceder a ese plano desde la voluntad y está condicionado a repetir una y otra vez las acciones para dar apariencia de normalidad. Ese ritual infinito nos aporta un alivio mágico y es la manera que, de momento, tiene el cerebro de manejar el funcionamiento del día a día.

 

Un ejemplo simple es desechar el color beige en cualquier prenda de ropa porque tuvimos una mala experiencia y el cerebro conectó las sensaciones desagradables con ese color determinado. Se le dota de un poder mágico a un color, emocionalmente neutro. La interpretación le da una carga negativa y añade emociones pensando que influyó en aquella situación.

 

Otro ejemplo es lavarse las manos continuamente para no atraer enfermedades o contaminarse; otro ritual es cerrar las llaves de seguridad, las puertas, comprobando más de 3, 4, 5, 10 veces que las hemos dejado cerradas, de esta manera sentimos más seguridad. Llegar a una limpieza perfecta en los zapatos, alimentos del frigorífico y un largo etcétera, etcétera de permutaciones que consiguen estados de calma a corto plazo. Una de sus procedencias viene por supersticiones simples que evolucionan a rituales más  elaborados: supersticiones como no pasar por debajo de una escalera, tocar madera para atraer la buena suerte. Si el cerebro en ese aspecto está inmaduro puede generalizar respuestas cada vez más complejas e integradas en nuestra vida cotidiana hasta que nos damos cuenta que si no tocamos la madera un número exacto de veces me puede ir mal en un examen. Rituales que se vuelven imprescindibles en nuestra vida y aportan sensaciones de calma, seguridad y un control sobre la incertidumbre. Esas acciones manejan exactamente lo que no se puede controlar y da una seguridad mágica de que sí se controla.

 

Generalmente hay pensamientos distorsionados, obsesiones detrás de estos comportamientos aparentemente inofensivos.

 

El proceso terapéutico trata la ansiedad que provoca la no realización de la compulsión, manía o tic. Se dan técnicas e instrucciones para traspasar todo el repertorio de conexiones al nivel consciente para poder decidir bajo la voluntad la realización o no del ritual. Es un aprendizaje de herramientas para canalizar la ansiedad que provocan situaciones de incertidumbre. Afrontar desde un punto de vista diferente todo aquello que escapa a nuestro control.

 

Las personas que padecen este trastorno tienen las conexiones entre los dos hemisferios debilitadas. Las terapias convencionales integradas a las de tercera generación aportan la estimulación necesaria para fortalecer estas conexiones mediante la estimulación de estas áreas. El cerebro  más reflexivo accede a las respuestas reflejas para que  puedan evolucionar a comportamientos adaptativos sin necesidad de recurrir a los rituales. La ansiedad no solo se reduce sino que la percepción de una calidad de vida digna se hace presente.