La tristeza profunda se instaura

 

El lado más doloroso de la vida es la pérdida un ser querido. La separación del objeto de amor es difícil de llevar, ya sea por separación o por muerte. Ese dolor intenso tiene unas etapas que si se procesa de la manera adecuada, el cerebro está preparado para superarlo sin ninguna ayuda.

 

Debido a la personalidad del individuo, a las circunstancias que rodean esa separación o pérdida o por alguna otra razón, la tristeza y la rabia se quedan instauradas y no son capaces de evolucionar por sí solas. Se produce un dolor profundo y el cerebro no es capaz de conseguir la aceptación o superación de la pérdida.

 

A veces el duelo supone un antes y un después y no conseguimos vivir de la misma manera, no nos acostumbramos a poder vivir sin esa persona, percibiendo la vida como un antes y un después tras la pérdida.

 

Da igual el tipo de relación que hubiese antes, siempre se manifestará  culpa en mayor o menor grado, una emoción de tristeza profunda y episodios de rabia e ira. Puede que el carácter cambie durante unos meses. Son síntomas normales de un proceso de duelo. Si este dolor intenso permanece más de 6/12 meses es cuando hay que plantearse pedir ayuda porque es signo de que el proceso ha sufrido un “parón” en alguna de la etapas.

 

La manera de amar es un indicativo de la reacción a la pérdida. También puede manifestarse una soledad inmensa o vacío que nos desborda y no nos permite tener energía suficiente ni para pasar el día.

 

El tratamiento a veces requiere psicofármacos para amortiguar el dolor. La función del psicólogo es asegurarse que la persona pasa a la siguiente etapa de manera completa. La marcha de esa persona, animal o incluso podría tratarse de un lugar de añoranza debería convertirse en un recuerdo calmado de aquello que se  fue.