LA autoestima, un arma potencial

 

En la adolescencia, la baja autoestima es sinónimo de indefensión. Afrontar una vida “adolescente” desde la perspectiva de “no soy suficientemente bueno” es el mayor reto al que se puede enfrentar el ser humano respecto a cualquier etapa de su vida, posterior o anterior.

 

Una baja autoestima en la edad adulta no es diana de posibles críticas o exclusión social, los adultos cuentan con una empatía más desarrollada donde no hace tan grave solucionar problemas de autoestima.

 

Una baja autoestima en la edad infantil es más fácil de tratar, ya que al trabajar con el niño sobre sus capacidades y su propia valía será más fácil convencerle de que son buenas. El niño suele confiar en el adulto que le cuida y no hay defensas complicadas para guiarle hacia una buena autoestima.

 

Pero cuando hablamos del adolescente, hablamos ya de un ser con barreras defensivas ante un entorno amenazante; en un cerebro que no ha llegado a la vida adulta pero que ya no es un niño.

 

Los adolescentes con baja autoestima sufren ansiedad, depresión, estrés postraumático; es decir, sienten síntomas tipo miedo y tensión la mayor parte del tiempo que están fuera de su zona de seguridad.

 

En general, ese miedo continuo al rechazo le impedirá sacar su potencial, desarrollar su “yo” esencial. Le impedirá además, fijar objetivos y satisfacción en la consecución de metas. Conllevará la ausencia de aspiraciones y no conseguirá la autoconfianza porque estará demasiado ocupado en no sentir los síntomas tan molestos que provoca tener una baja autoestima.

 

La familia, el colegio, compañeros, medios de comunicación,… son percibidos como amenazantes y se deteriora el propio autoconcepto de vida. Si los consejos o intención de los padres para ayudarles se reconoce como insuficiente, el acudir a un profesional que guíe a canalizar todos estos síntomas en una buena autoestima evitará el sufrimiento presente.